Sé que puedo ir de ingenua con esto, pero se tenía que escribir
en memoria de mis épocas universitarias
Hace unos días me encontré con un comentario a una tesis de doctorado sobre mi universidad (la Universidad del Pacífico) en LinkedIn.
El texto lleva el título “EL EFECTO UP EN EL DESARROLLO DE SUS EGRESADOS”. Como estudié economía ahí me llamó la atención, sobre todo porque mi experiencia fue muy retadora al mismo tiempo que enriquecedora.
Cuando vine a Lima a los 16 años, dejé la provincia —Cusco— por la capital. Una ruta creada con mucho cariño y esfuerzo por mis papás (como por muchos papás de varios jóvenes en mi generación).
Ese viaje es inmenso. Me atrevería a pensar que es más amplio que de quienes migran de ciudades de la costa. Quienes pasamos de sierra a costa tenemos un impacto mucho más marcado, así como las diferencias en la historia de la costa y la sierra se han marcado más y más en el tiempo.
El comentario de Elsa del Castillo en su publicación, hace referencia a dos puntos del análisis de la tesis. Me voy a concentrar en el primero porque está relacionado a una meritocracia que no es “pura”, por los distintos puntos de partida respecto a los privilegios de los estudiantes.
Si bien los egresados de origen privilegiado tienden a avanzar más rápido hacia posiciones gerenciales —debido a capitales heredados desde etapas tempranas de la vida—, las brechas iniciales entre ambos grupos se reducen de manera significativa, aunque no se cierran completamente. La meritocracia existe, pero no es pura: es una meritocracia condicionada, que opera cuando los individuos logran adquirir y desplegar capitales funcionales al campo corporativo.
Su comentario para destacar la tesis me llamó mucho la atención. Seguro por mi experiencia personal, pero también por la cantidad de información que revela esta tesis llamada: Trayectorias laborales de egresados de una universidad “de élite”: ¿convergencia de destinos o reproducción social?. La investigación es de Karlos La Serna Studzinski.
Elsa dice que: “La meritocracia existe, pero no es pura: es una meritocracia condicionada, que opera cuando los individuos logran adquirir y desplegar capitales funcionales al campo corporativo.”
En este sentido, si miramos esto a fondo, la meritocracia es una variable que depende de algo. ¿De qué depende? Depende de que los estudiantes logren adquirir y usar capitales funcionales en su vida laboral.
Si pensamos en capitales “funcionales”. ¿De qué estamos hablando?
Esto fue lo que le respondí
Hola Elsa Del Castillo gracias por compartir esto. Algo que me llamó la atención de la tesis —acabo de revisarla— es que reconoce muy bien la desigualdad de estatus y el estrés que viven los estudiantes de origen no privilegiado. Ese malestar aparece como un costo de entrada al campo corporativo: auto vigilancia constante, sobre esfuerzo emocional, ansiedad académica, etc. Esto forma parte de un proceso de endurecimiento subjetivo productor de capital emocional y metacognitivo.
La tesis reconoce la desigualdad de estatus y el estrés que viven los estudiantes menos privilegiados, pero los conceptualiza principalmente como mecanismos de adaptación en una experiencia que, aunque desigual, termina siendo funcional para el ascenso laboral.
Me parece un enfoque muy sólido para sostener el argumento desde la sociología, pero deja abierta la posible exploración de si ese estrés es legítimo, excesivo o injusto. Sería muy interesante explorar los efectos psicológicos de largo plazo como la vergüenza o la alienación.
A esto, Elsa fue muy gentil y me respondió:
Comenté sobre este tema el fin de semana con mi familia y con mi pareja. Realmente me quedé pensando si era válido explorar más los resultados de la tesis.
En las entrevistas que hicieron, resulta clave explorar estos hallazgos:
Ansiedad académica intensa (especialmente en los primeros ciclos).
Sensación de estar “siempre en deuda” o de tener que esforzarse más que otros.
Auto vigilancia constante: controlar el habla, el vestir, los gustos, las reacciones.
Sobre esfuerzo emocional, no solo cognitivo.
Ahí se analiza cómo los estudiantes de origen no privilegiado:
Se enfrentan a estilos de vida, consumos, lenguajes y referencias culturales que no dominan.
Experimentan desajustes simbólicos, no saber “cómo moverse”, “cómo hablar”, “qué es normal”.
Detectan tempranamente que no todos parten desde el mismo lugar, incluso dentro de una institución “meritocrática”.
Reconozco plenamente los privilegios que tengo, y al mismo tiempo, también puedo reconocerme en estos hallazgos. Estoy segura que muchos viven esto todavía en varias universidades en Lima, y en otras intensidades.
Fue así que buceando en redes el fin de semana me topé con un video del escritor Jeremías Gamboa comentando sobre este asunto, y con eso pude responderle a Elsa desde un lugar que involucraba la voz de alguien con una experiencia relacionada.
Elsa Del Castillo sí, creo que se vive en la etapa escolar al postular y también durante toda la etapa universitaria como sostiene la tesis. Quizá mi punto es que no se puede comentar sobre esta investigación invisibilizando el costo de los alumnos menos privilegiados para igualarse y adquirir cualidades que luego, eso sí, les permiten un ascenso sostenido en el ámbito laboral. Quizá este clip de una entrevista al escritor Jeremías Gamboa pueda darnos más luces sobre este apunte:
Me corresponde quizá sólo dejar registrada desde aquí mi experiencia, y abrir las puertas a este análisis. No todos lo viven igual, y el impacto varía de caso en caso. Pero de lo que habla Gamboa, es del mandato.
Cuando cambias de ciudad y dejas a tu familia, no solo vas a convertirte en alguien de quienes ellos puedan estar orgullosos; también —tácitamente— vas a no ser otro más de ellos. Vas a ser alguien más, alguien diferente.
Es un nivel de estrés extraño, sobre todo en los primeros ciclos. Y quizá es una respuesta a la sociedad peruana con heridas más grandes. Pero aún así, ahí está esta realidad, y así se vive.
El eje de lo que quiero decir, es que no podemos hablar de lo fantástico que lo hacen los egresados menos privilegiados de universidades de élite, sin hablar del costo emocional que les toca asumir para desarrollar los capitales necesarios para adaptarse.
¿Habrá quienes puedan movilizar un cambio para que estos estudiantes puedan experimentar la etapa universitaria como algo que recordemos con pertenencia, agrado y disfrute académico?
Empezaría a comentar esta tesis por ahí.
— prw







