El buen gusto es una trampa
rastreo a la construcción de un mundo propio desde una nota en The New Yorker
En la canción “Ya no sé qué hacer conmigo” de El Cuarteto de Nos, nos listan todas estas cosas:
Ya tuve que ir obligado a misa
Ya toqué en el piano "Para Elisa"
Ya aprendí a falsear mi sonrisa
Ya hice comedia, ya hice drama
Ya me hice el bueno y tuve mala fama
Ya fui ético y fui errático
Ya fui escéptico y fui fanático
Ya fui púdico, fui caótico
Lo que me daba placer, ahora me da dolor
Ya estuve al otro lado del mostrador
Es así como se siente el “hoy”. ¿O no?
Ya hice esto y ya el otro.
Ya hice los stories intelectuales de los medios que leo
Ya hice las fotos de efectos vintage
Ya hice lo de salir a conocer a todo el mundo
Ya hice textos encima de mis fotos como subtítulos
ya hice de reportera local de la noche de Lima
ya hice de agenda cultural
ya mostré mi rutina de bienestar por horas
ya hice mi foto de gimnasio
ya le hice fotos a mi casa alineada a algún ideal estético
ya hice un playlist
ya viajé y publiqué fotos de aeropuertos
ya presumí mi poca ropa de diseñador
ya fui un ícono de moda, al menos para mí misma
¡Ya, ya ya!
Estoy segura de que estamos en algún tipo de hastío con las promesas que nos promete el sistema. ¿O no?
De vez en cuando me dan arrebatos minimalistas como antídoto al hastío.
Elimino cosas, reordeno espacios, doy vueltas buscando “menos”.
No soy la única buscando sentido.
En tiempos extraños a veces lo encuentro en el arte, algunas piezas que me agarran el alma y me permiten estacionarme un rato en ellas.
Esta pieza fue mi primera experiencia afectiva, íntima, personal, privada, pequeña y secreta con el arte.
Una síntesis de todo.
Juntó Cusco, mi ruta por Lima, mi agencia de PR, el salto a lo imposible, la idea de mi nombre, la construcción de significado sin padrinos. La ilusión de valía, decir de otro modo que el cielo es el límite, o mirar de nuevo la energía de levantarse cada día hasta que los corderos se conviertan en leones.
Un juego de palabras dispuestas en dos cuerpos de lienzo. Con una división simple pero universal.
Tengo un amigo, Álvaro, que dice todo el tiempo que no sabe nada de arte. Que no lo entiende, que es su esposa la que debe elegir qué cosas deben estar en la casa. Cada vez que le escucho no dejo de insistirle que el arte no tiene que ver con su habilidad con el diseño interior.
Se trata de otra cosa, ni siquiera se trata de buen gusto.
Y el buen gusto es una trampa, ese es el título de una nota en The New Yorker1. Entre varias líneas nos dice que el buen gusto nos organiza a una “mejora constante de uno mismo” y por eso tiene sentido buscarlo. Aunque concluye que si crees que tienes buen gusto, tiendes a creer que eres “buena” persona. Y es ahí donde has caído en su trampa.

Ya decía mi amigo Rogelio, en una de sus frases que se me quedan grabadas por años.
“Desconfío de la gente que sólo tiene buen gusto”
Uno piensa que tiene buen gusto porque sabe cómo sostener una copa de vino, como presentarse en una reunión de trabajo, qué zapatos usar para ir a un bar por la noche. En fin, son códigos. Algunos piensan que la elegancia es buen gusto, y que el lujo es la elegancia. Y entonces entran palabras como “finura” o “lifestyle” a la ecuación.
El otro día hablaba espontáneamente con una amiga muy querida, la gran Campanita. La encontré cerca de su trabajo y estaba esperando mi orden de pollo a la brasa. Sentadas en esa banca me preguntó si conocía a una persona X. Le di toda una lectura de mi radar de PR sobre quién era, y qué hacia. Y me regresó la pregunta:
— Ah ok, pero, ¿tiene buen corazón?
Después de mis batallas imaginarias sobre el nombre, el buen gusto y esos mundos que transito por trabajo o por curiosidad, quedé desarmada por esta pregunta.
Y si pienso en esas disposiciones voluntarias de armadura, pienso que hace un tiempo, leí un post de Gonzalo Torres dedicando públicamente este fragmento de “Carta de amor”, de Julio Cortázar, a su esposa. 2
Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,
todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.
Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.
En fin, aprovecho esta notita para contarles de esta muestra en proyectoamil el 13 de junio, de ingreso libre para su inauguración
Primero que la selección de artistas es bastante sintomática de la escena de arte contemporáneo local, y segundo que el tema y la gráfica aterrizan bien la sensación del momento actual. La tecnología, la IA, el tiempo.
Si así andamos en la invitación, me da mucha ilusión revisar el planteamiento colectivo de este grupo de artistas que nos pueden resolver los temas que flotan en cualquier café y conversación en Lima (como en todo el mundo).
Llegamos así al final de un newsletter de reencuentro conmigo misma, y del lugar al que siento que pertenezco con la desmesura y la entrega real que no puedo permitirme en Instagram.
Un saludo de una víctima de su propio tiempo.
— prw
Julio Cortázar, Una carta de amor, en Salvo el crepúsculo (1984)





