Bailar bien, ¿qué es bailar bien? ¿acaso hacer las cosas bien no es disfrutar?
rescatando a este verbo del mundo binario del bien y el mal
“Lo dudo”, de Frankie Ruiz, es una canción que me hace bailar sentada en mi auto, camino a mi sesión de terapia. Así me encuentro estos días: bailando muchísimo sentada, escuchando salsa o recordando siquiera cómo me empezó a movilizar tanto.
Siempre que caigo en la trampa de seguir idolatrando el mundo europeo, recuerdo lo rico que bailamos en el sur, con ese son o ese —suin— insustituible.
Mi primer concierto de Marc Anthony llegó como regalo por mis quince años, y en mis primeras canciones con Héctor Lavoe completé mi gusto determinante por la salsa dura. A veces tengo una sensación de emoción y plenitud bailando, guapeando, guarachando.
Desde que me enteré que Lavoe media 1.58 —como yo—, dejé de redondear mi estatura a 1.60. ¡Así de determinante es! La salsa es sin duda una de las cosas más fuertes y potentes que me ha regalado Lima.
Lima fue, de hecho, muy clave en el desarrollo de la salsa en Latinoamérica.
En un examen de marketing en la universidad —esos de opción múltiple— había una pregunta sobre “Juanito Alimaña”. Las opciones eran varias, que si era heladero, escritor, economista y otras más. En ese momento —allá por el 2010— todavía no había escuchado esa canción y me bajaron la nota por no saber a qué se dedicaba Alimaña.
Reclamé mucho con el profesor, que por qué tenía yo que saber eso para el examen. Emilio (el profesor), francamente, me restituyó la mitad del punto (sólo la mitad); porque también me dejó claro que no podía planear estrategias de marketing en esta ciudad sin saber quién es Juanito Alimaña.
Ahora que es una canción que me fascina, y que canto de “pe” a “pa”, me acuerdo siempre de esa escena.
En el tiempo he intentado conectarme intermitentemente con la escena salsera. Así llegué a leer el estudio de José Carlos Rojas y Jesús Cosamalón.
¡Qué cosa tan linda! es un libro introductorio sobre la salsa en el Perú. Ese fue otro pico lindo para entender esa Lima salsera de los 60’s y 70’s que yo no viví. Conciertos repletos, y todos los grandes nombres fuertes de Cali y Nueva York encendiendo estadios aquí.
Después descubrí a Joe Arroyo, a Óscar de León con “Llorarás”, la peor canción para karaoke que me empeñé en cantar varias noches de mis veintes sin ningún éxito en el casino Atlantic City /shhhhh/.
La gran Celia Cruz, y esas imágenes de esta señora cautivando junto a Johnny Pacheco. Minuto tres. Si logran encontrar a alguien del hemisferio norte bailando así de rico, me avisan.
O a Ray Barreto en guille de Superman para el álbum de una de mis movidas favoritas: Indestructible.
Bailar bien. ¿Qué es eso?
Felizmente, junto a mi amiga Gabi Aquije (que baila como nadie) y algunos otros curiosos, pasé muchas tardes de verano bailando en el evento “Cevichada Salseable” en el Cine Olaya en Chorrillos. Estaban los vecinos del barrio, las orquestas en vivo, barras de chela y ceviche en la entrada. Recuerdo estar salseando sola mirando al escenario, con un jean pitillo azul intenso y flats, y esos politos como noventeros muy pegados de manga corta y botoncitos al medio. En mi sitio, suavecito o dando mil vueltas, improvisando, como si nadie me viera. Diría que ahí me solté y entendí que bailar bien es disfrutar.
¿Acaso hacer las cosas bien no es disfrutar?
Que siempre quede salsa.
prw




